CÓMO NACIÓ CALABATA

Mayo de 2011. Daniel tiene 2 años. A esa edad, nuestros hijos ofrecen a la RAE millones de palabras y neologismos que el diccionario luego no incorpora. Así apareció Calabata. Daniel vio una calabaza (¿o fue una calavera?) en algún cuento y dijo: ‘Mira, Papá, una calabata’. Con su lengua de trapo, acababa de regalarme un personaje. Con el tiempo fue participando en la creación de las historias, e incluso le puso título a UN CÍCLOPE CON UNA LEGAÑA, un día que vimos un ojo con una mancha pintado en una pared. Gracias a Daniel y a nuestro personaje, yo veía las cosas de nuevo con los ojos de un niño, descubriéndolo todo otra vez.

 

Calabata iba a ser ese personaje que contara de forma simpática y un poco surrealista los ‘graves’ problemas que viven los niños (a muchos adultos no se nos curan): no poder dormir, la vergüenza de que los amigos se burlen de uno, la creación de la identidad, la necesidad de pertenecer a un grupo, ya sea familia o amigos, el miedo a los médicos, las ganas de hacerse mayor... En fin, un poco todo lo que puede rodear al inabarcable mundo de los niños y a su imaginación.

 

Me puse a hacer bocetos y surgieron otros personajes como Angus el diplodocus, Vladekel vampiro…


Con Calabata podía hacer cosas que me apetecían mucho. Podía acercarme a la lógica de Alicia de Lewis Carroll, al humor tierno y canalla de Le Petit Nicolas, o al universo gamberro de Shrek. Y ambientarlo, sin pasarme, en las atmósferas góticas de Poe (no en vano sus padres se llaman Papá Edgar y Mamá Carol) o de Tim Burton en Pesadilla antes de Navidad.

 

Enseguida me di cuenta de que los libros de Calabata gustaban a niños de edades diversas. Los libros tenían varias capas, distintos niveles de lectura que conectaban con los más pequeños justo cuando están empezando a leer y su imaginación se dispara con la mínima. Los pequeños de 2 años abrían grandes ojos al descubrir la amistad de un niño calabaza con un gigantesco diplodocus, y se reían y repetían la coletilla ‘¡Fatal!’, entendiendo de golpe los millones de matices que puede tener una sola palabra.

Los de 7, que ya leen mucho, conectaban más por las relaciones de Calabata con sus amigos, con sus ideas algo surrealistas, sus travesuras y ese humor un poco irreverente con el que Calabata cuestiona el mundo de los mayores. Los adultos también descubrían numerosos guiños para ellos, dobles sentidos o lecturas para padres que convertían el momento de contar el cuento por la noche en un acto divertido para todos. Son ya bastantes los padres que me han contado que sus hijos duermen con un Calabata sobre la mesilla. Y esa sensación, para mí, no tiene precio.

 

Con los años, a la vez que Daniel, Calabata seguirá creciendo, y sus amigos con él. Y dentro de 30 años, espero seguir contando en qué se convierte nuestro hombrecito calabaza, y ver qué sueños cumple y qué cosas se inventa por el camino. Mientras tanto…

 

Grojo